CABEZAS CÍVICAS

Cuando el juego se hace verdadero

Hernan Pacurucu

 

Cuando el juego se hace verdadero / cuando
el juego se hace verdadero
bienvenido al laberinto eterno de fuego...
trato de desenvolverme entre tanto sueño y vida
no encuentro salida / el clima golpea mi cara,
mi carácter se hace maña / cada vez que el juego
es verdadero
dejo de lado los sentimientos que sean humanos
ni siquiera dan la mano a quienes les van ganando
caras influyentes, despliegue de una experiencia /
herederos
caras vemos, corazones no sabemos / cuando el juego
se hace verdadero
te quemas con un fuego que juega contigo como un muñeco”

 

Letra de la canción El juego Verdadero

Tiro de Gracia

 

 

Nada es más reconocible dentro de la antropología citadina de cualquier urbe latinoamericana que su afán obsesivamente maniaco de higienizarlo todo (modelo copiado de un sincretismo occidental céntrico), la asepsia surge como el ritual purificador que deslinda y por ende circunscribe el bien del mal, todo mapa urbano elabora sofisticados imaginarios que sin demarcarlos, sutilmente se introducen en clave y hacen ver al visitante que es lo que debe observar (lo limpio, lo bello, en definitiva lo no contaminado) mientras se guarda bajo el tapete lo no deseado, lo interior cada vez es más  desatendido mientras que lo exterior es cada vez más embellecido (triunfo de la imagen), en el emblemático centro comercial ese simulacro de asepsia se contradice con respecto al estado en  ruinas que se presenta al interior, un interior jamás asequible al público, la exterioridad es el envoltorio desde donde se afirman las subjetividades frente al otro, abolición de la conciencia.

 

En la instalación Cabezas Cívicas de Víctor Hugo Bravo el “juego se hace verdadero” una vez que se pone a prueba el modelo higienizante en clave neoliberal, y lo sucio es llevado a su hiperrealidad y lo más sucio que lo sucio, “lo abyecto” emerge como fisura dentro de un manejo discrecional no solo de cultura sino del sistema-mundo que apuesta por la figura, obsesión por la forma, aniquilación del contenido.

 

Blanquearlo todo es la consigna aberrante de las burguesías y oligarquías latinoamericanas que incrustadas en el poder logran delimitar los espacios tanto físicos como simbólicos de un modo que el pobre, el migrante, el foráneo, el diferente, el indígena, el negro; en definitiva el distinto, se vuelve un constructo cultural ligado a lo abyecto, a lo sucio y a lo maloliente como el ejercicio predilecto que asegura la elaboración del “enemigo imaginario” el cual implícitamente encarna el mal.

 

En el desarrollo del discurso de Bravo lo abyecto es lo libre lo que se niega a ser reducido, lo inconforme, la resistencia, la cual está vetada y es perseguida por el régimen de lo ordenado, de lo pulcro y perfumado en definitiva de la “alta cultura”.

 

Encontramos entonces en el discurso visual de Bravo una transfiguración de los sucio, de lo feo, de lo abyecto que tamizado por el arte y todo el estudio composicional propio de la academia, más los ensayos estéticos de quien domina la disciplina, una vena iconográfica que nos proporciona un aura de hermosura algo así como una suerte de doble juego en donde lo sucio, lo caótico, lo marginal es embellecido para engañar al espectador, cada arma, cada camuflaje, cada vídeo, en definitiva, cada elemento de violencia, se eleva al nivel de lo bello y lo sublime -en términos que Kant lo describe-, pero con el único propósito de desviar su atención a la verdadera función que es la de matar y es que lo militar es macabro porque tiene un halo de belleza que encanta, tal como la imagen inocente del pequeño jugando con un arma de destrucción masiva.

 

 En este sentido y únicamente en el sentido conceptual (no formal) la propuesta de Bravo está muy ligada a lo que podríamos denominar un neo-futurismo satírico, ya que emula esa fascinación de los futuristas italianos por la guerra, por la violencia, por la revolución. Los futuristas pregonaban ser un movimiento agresivo, de insomnio febril y de bofetada irreverente, no es gratis su apoyo al fascismo y es precisamente aquí en donde el gesto de Víctor Hugo Bravo da un giro de 180 grados y por eso lo de neo-futurismo satírico, al contrario de los futuristas que festejan la violencia, en el juego de Bravo la violencia penetra como reflexión en el escenario de lo real y en su articulación con lo socio-político, (cuando el juego se hace verdadero) de tal forma que su desarrollo; en palabras de Mauricio Bravo lo expresaría de esta manera: “al ver la obra del artista, nos desconcierta el no poder dilucidar el bien del mal, la belleza de la fealdad, el odio del amor, el miedo del placer, etc. Efectivamente, los montajes de Bravo siempre buscan confundir estos marcos de representación para mostrarnos que, detrás de tan frágiles categorías, lo que despunta o señorea es la naturaleza acéfala de lo vital.”[1]

 

La más rancia de las ideologías higienistas es camuflada en la iconografía del artista al mismo tiempo que es ocultada y presentada como cotidiana en el orden del mundo real, de esa manera el ejercicio de camuflaje y de ocultamiento gozan de un doble propósito que va desde el engaño, hasta la elaboración de un imaginario confuso que simula complacencia.

 

En el juego de la asepsia lo verdadero es lo que necesita ser limpiado, erradicado por indeseable tal como las cabezas despiojadas, cabezas cívicas título de la obra y anécdota de Villa Crespo, una escuela de un barrio marginal de migrantes europeos de Buenos Aires (1921) en donde niños fueron obligados a raparse la cabeza y ponerse una corbata con colores de la bandera patria, transformando el acto higienista en un acto autoritario cuya violencia simbólica lleva empotrada el acto de limpieza.

 

El uso cultural y político que se le ha dado al acto de limpiar, borrar la mancha y en definitiva blanquear, sobrepasa el campo educativo proyectándose también en el leguaje corporal, en el lenguaje oral y en la escritura, de tal forma que el programa blanqueador lo impregna todo colándose en las formas de lo cotidiano y logrando así pasar desapercibido; es aquí en donde el trabajo del artista emerge más que como una forma de crear conciencia, como un dispositivo que activa el debate y deja a la luz mucho de eso que por ser tan evidente no se puede ver a simple vista, transfigurando el efecto de juego en pura realidad incitando lo que en palabras de “Tiro de Gracia”[2] sería: “cuando el juego se hace verdadero bienvenido al laberinto eterno de fuego...”.

 

 

Hernán Pacurucu C.

Crítico y curador independiente

 

[1] Texto de Mauricio Bravo para la muestra Cabezas Cívicas.

[2] Grupo musical creador de la letra y música de El juego verdadero