NOTACIÓN DE CIERTOS AMORES

Fernando van de Wyndward 1998

 

PRIMERA NOTA BREVE:

 

La travesía de obra (de este), porque de eso estamos hablando, ha estado sellada por un único gesto desdoblado: este gesto pictórico-ritual a que ha dado lugar el rito de la pintura y la pintura del rito, y que en tanto abjurante y conjurante ha estado necesariamente mucho más del lado de la escena tridimensional, instaladora, territorial, que de otra cosa.

 

SEGUNDA NOTA:

 

Si a partir de la yuxtaposición de dos puntos conocidos, pupilares (propios del sujeto), ubicamos la distancia que nos media con un tercero, focal (asignado en la cosa misma),

¿Qué significa, entonces, valerse de la disolución del contraste en objetos reales (esto es, dispuestos en la realidad del espacio), por medio del tratamiento sistemático de sus superficies, trampeando así la visión para tender al retrotraimiento de la profundidad de tres dimensiones a sólo dos?

Proceso inverso al de la pintura histórica: ahora trompe-l”oeil para ocultar la presencia de las cosas, a pesar de la inmensa carga de su evidencia, y en beneficio ritual de esa misma evidencia. Ocurre que las cosas pierden así referencia de su propio relieve (físico) y, de paso, de su relevancia (ontológica). En esto ha girado la apelación al camuflaje, en el sentido militar del término, que procede básicamente por un recubrimiento (la constitución de un velo) y una posterior aplicación seriada de manchas regulares (la constitución de una trama). Lo que parece propiamente nada más que una problemática plástica, por ser pictórica instalatoria, irá tanto más lejos en cuanto que, así como lo que se manifiesta lo hace encubriendo, lo que se encubre lo hace revelando. Nótese, por lo pronto, que el tipo de mancha hacia el cual ha evolucionado esta investigación es la insinuación de un gusano.

 

TERCERA NOTA:

 

Salta a la vista, desde hace años, la incubación de una emblemática terrible, un tremendum, a idéntica distancia de lo sacro y de lo bélico, en la obra de este. El origen histórico de los elementos blasónicos fue la ostentación del animal totémico repujado (tatuado) en el frente del escudo, cuando en el peligro de muerte el hombre se encuentra en un espacio sagrado y requiere de un plus de poder para batirse con esa muerte, Se muestra entonces el animal cuyo espíritu invocado anima el corazón del guerrero. El escudo precisamente se lleva en el brazo izquierdo, protegiendo el corazón mientras se maniobra con el poder aumentado de la diestra. De allí la insignia que pone por delante la fe que se posee y de la que se es poseído, en días de guerra y en días de paz. (¿es que acaso hay días de paz?), proyectándose el carácter mítico de la vida guerrera de las instituciones más solemnes de la modernidad, más sobrias e ilustradas, quisiérase creer; digamos: el todo de nuestro oficialismo.

El águila imperial del antiguo continente ha sido reiterativa en esta obra, la mas de las veces bicéfala y, nótese, bisexual, o bien, con más exactitud, genitalmente bipolar.

Esta exploración ha levantado también una multitud de figuras con un simbolismo sexual expreso y agresivo, entre otras el gusano dentado, rabioso, alrededor de una fisura vaginal, de una herida abierta como rosa de los vientos cuya humedad media entre la regeneración menstrual (sacrificial) y la cicatriz (de guerra). Tal heráldica de la ferocidad viene a resucitarnos una antropología fundamental que algunos han querido olvidar tras su sublimación en ciertos amores.

 

Es decidor que la misma palabra “heraldo” este compuesta por dos antiguos vocablos fráncicos: “heri”, que significa “ejercito”, y “waldan”, que significa “ser poderoso”. Y decisivo que la heráldica sea el fundamento del isotipo contemporáneo.

Esa águila europea de que hablábamos, fascista por cierto, dominadora, imperante (“réiname”, decía una de las inscripciones anteriores de éste), en el espíritu independentista de la américa republicana (que no buscaba erradicar los escudos de armas sino imaginar los propios) cedió sitio al cóndor andino, y es así como lo vemos del todo presente en emblemas patrios actuales, tal vez menos feroz pero igualmente rapaz (rapiña: propiamente arrebato, expoliación, robo con violencia). En el escudo chileno, bipolar, el cóndor se complementa con el huemul de un modo análogo a los principios de la fuerza masculina y la gracia femenina, la agresión y la huida, la serenidad majestual y la trémula desprovisión. Para nada extraño que el acoso del ave “de pico grueso y ganchudo” termine victimando a la apacible versión regional (enana) del venado, aunque lo más habitual sería que esperara a abordarla cuando expire: más que depredador de la vida, es depredador de la muerte.

 

Esta lucha, esta contienda mítica puede sustituirse, como es el caso, por la lucha del falo (la luma) y de la aparición vaginal (el escudo en sí mismo, como un todo, véase si no, su forma guitarresca, que de guitarras ya se ha hablado demasiado). Sustitución y desmontaje.

 

CUARTA NOTA:

 

El aura bélica que ha ornado el ritual de éste a lo largo de su evolución (tanto dentro como fuera de la obra plástica, aunque siendo todo una sola obra, en un grado máximo), ha sido la autoinvestidura del guerrero. El cultivo obsesivo de la austeridad más un principio místico de masculinización. Sólo el hombre, nunca la mujer, está destinado a la condición de guerra.

Y es que la lucha es siempre sagrada, porque algo, una fisura ha desequilibrado el cosmos, y es a esta índole de guerrero a la que está encomendada la restauración del orden perdido. Prometeo, rapaz, le roba el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, por lo cual es castigado por Zeus a vivir encadenado mientras unas aves, rapaces, le devoran el hígado (unos buitres, cuya andinización habría de ser, naturalmente, un conjunto de cóndores), en tanto que el castigo a los hombres por hacerse poseedores del contenido de ese hurto es el envío de Pandora, esta especie griega de Eva que porta y desata todos los males sobre la tierra. Y el mal por antonomasia es la propia monstrización del hombre, la desesperación libidinal desatada por la presencia de Pandora entreabrible como una caja, esa tormenta que debe ser apaciguada y debidamente conjurada, una y otra vez, ad aeternum.

 

La inmensa magnitud del trabajo psíquico que esta excitación representa requiere de una liberación brutal, sacrificatoria: la violación (ritual), es decirla mayúscula mancillación que restituya la paz perdida (¿no es el sentido de toda guerra?) y el dominio originario quebrantado (antes que nada de sí mismo). No hay monstruosidad en ello, sino precisamente una lucha desde y contra ella.

 

Pero hay perversión, claro, en el sentido estricto que la psicología profunda le da a este término, sin valoración alguna: pervertir es operar una situación rígida en la cual, en este caso, una compulsión agresiva, componente parcial (en cualquier grado) de toda constitución de una comunidad sexual biológicamente asegurada, pasa a constituirse en la máxima expresión y finalidad de la sexualidad, como carácter sádico. La imaginería arcaica de la tortura, principalmente ginecológica, es reincidente: la belleza espeluznante de un martirio fálico sobre la cavidad. El escudo-mujer queda ultrajado(a) en el hecho mismo de ser antepuesto a la amenaza y defender el propio corazón con su muerte.

La mujer (en todo caso, objeto de amor) ha de ser subyugada, desdeñada, y domeñada simbólicamente en el límite de la permisión que es misma mujer en sus posibilidades también simbólicas le demarca. El lecho, la base, el plinto y el altar de sacrificio devienen siendo lo mismo. Son los territorios demarcados, recortados, elevados, consagratorios, de acceso al espacio sagrado. Y la mácula, vale decir la mancha que mancilla y que profana, constituye el gesto único que, por vía negativa, puede ejecutar la consagración.

-¿La mácula, dije? ¿Acaso el gesto del camuflaje no comportaba precisamente la sistematización de la macula, a través del recurso pictórico del gusanismo?

 

QUINTA NOTA:

 

La estética militar, la escenografía del despliegue emblemático de la frontalidad (como la formación de la tropa, como los recursos simétricos y estáticos de esa parafernalia) pueden llegar a ser cautivadores hasta el extremo, excitantes, pues la voluntad de poder está indisolublemente ligada a la voluntad de forma.

El poder es por antonomasia autocelebrante, y se retroalimenta de su raigambre mítica. Impera gracias a un fuerte gasto discursivo en que se monumentaliza a sí mismo, extrayendo su propio soporte del espectáculo ritual que ofrece. Sin embargo la puesta en obra de su simbolización es, a un mismo tiempo, un rito deconstructivo. Es su propia monumentalidad invertida, y no provocada por parodia o efecto de ironía, sino, sencillamente, porque en la plenitud de su gala más terrible (como cuando desfila el signo su ocultación: el camuflaje), acciona su discurso hasta el exceso, exacerbando su pertenencia a la escena que constituye mientras la desencaja. Y el plinto a veces puede llegar a ser tan imponente que verdaderamente comprime contra el cielo lo que se ha ofrecido para la reverencia y la consagración.

En este caso, las asociaciones de la memoria con la infancia escolar. ¿No toda escuela es militar, disciplinante, blasónica, sacrificial?

 

SEXTA NOTA Y FINAL:

 

He aquí la construcción de un signo anómalo, como todo aquel que para constituirse precisa de la elaboración y acariciamiento de una muerte real (orgánica o simbólica) en que articular el nacimiento de una significación, por ello estrictamente efímera, no importa cuánto se logre suspender ese tránsito que va del ser (que ya ha expirado) al ya no ser (en que se consume), e incluso quedándose fijo en el tránsito para repetirlo infinitamente

-que no es otro el sentido de la perversión-

 

Y he aquí el signo.- Por el gesto del camuflaje se des-compone la forma autoconservante de las cosas. El velo y la trama encubren, des encubriendo una nueva fundación, esta vez fundadas en el estatuto de la muerte. La aplicación sistemática de la mancha es la aplicación ritual de la mácula, la violación rapaz. Y en la medida que ese manchismo se asimila a la gusanización, es que el cuerpo muerto de lo real ha comenzado a podrirse, a corromperse, a des-componerse. Se asoma el cadáver de la realidad en estado de putrefacción proliferante. Estos gusanos son la multiplicación del falo totémico introduciéndose y reapareciendo por las desagarraduras de lo que antes, alguna vez, estuvo vivo (“¿No oímos aún nada del ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la podredumbre divina? – también los dioses se pudren! ¡Dios ha muerto”! / decía el hombre loco que irrumpió en la plaza encendiendo una linterna. Nietzsche). Se concitan ataúdes, mesas de autopsia, y la compañía solemne de armas e instrumentos de tortura. El águila ha sido superada por el cóndor, el emblemático carroñero. Y el emblema mismo, por su desmontaje. El escudo es ahora el cuerpo muerto, todavía húmedo, de la mujer ultrajada. La infancia fue dada, o arrebatada, en sacrificio. La austeridad se impone.

 

Los tiempos míticos ¿están aquí, o lo estuvieron, o nunca lo estuvieron?

Y los amores más exaltados ¿fueron ultrajados, o seducidos, o permanecen, aún, intocados?

 

 

Fernando van de Wyndward

Poeta, filósofo / Caja Negra A. V.

1998