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La 40 y la B

Cuando el arte retorna a su estado original

NAZINGER II

Residencia y laboratorio de arte

Centro comunal Aprofe, Guayaquil, Ecuador, 2017

Instalación. Construcción colectiva, fierros, plásticos, desechos, objetos reciclados, botellas, alambre, masking tape, esmalte sintético.

 

Antecedentes

 

Abordamos el desarrollo de las artes contemporáneas, única y exclusivamente por una de sus aristas más delicadas, como es la del arte en su sentido profundamente social, para asimilar que el desarrollo del mismo en su devenir histórico ha sido relegado —gracias al proyecto modernista— a un sinnúmero de categorías que lo apartan de su eje primordial, para desterrarlo a una serie de despropósitos sin sentido que a su vez priorizan la categoría de arte en su afán más purista (l'art pour l'art).

 

Por lo dicho, tenemos por un lado ese afán ególatra de muchos de los artistas de engendrar la gran obra de arte al mismo tiempo que balbucean con la técnica y la tecnología en una búsqueda muy intimista del estilo, firma de autor y demás ficciones propias de la era moderna del arte.

 

Por otro lado e infiltrándonos en los lenguajes contemporáneos del arte, hoy en día y a pesar del fallido intento de Bourriau de englobar ciertas prácticas de carácter social en lo que él llama arte relacional; de la misma manera, asistimos a su fracaso pragmático una vez que comprendemos que muchas de las prácticas señaladas por el teórico adolecen efectivamente de ese toque comunitario para centrarse por un lado, en el artista como el gran colonizador de esos espacios, los cuales comúnmente retornan al museo (del cual el artista es el único y potencial beneficiario), así como por otro lado, dichas prácticas se consumen en sus propias teorías serviles, única y exclusivamente en cuanto se acoplen o no a la tesis relacional propuesta, con una carga conceptual tan intrigante pero con un vacío existencial que no calza más allá de las hojas del cuaderno en las que son presentadas.

 

De lo que se trata

 

Entonces sucumbimos a los formatos rimbombantes de este tipo de prácticas para únicamente atrapar de ellas su verdadero espíritu colaborativo, para lo cual nos valemos de la premisa que respalda al arte en cuanto es un documento social, aclarando que lo social se da una vez que se contrapone la práctica del arte a su relación en el interior de un contexto, (nadie pinta, esculpe, instala, performa o fotografía para sí mismo); entonces en y únicamente bajo esa premisa nos valemos para saber que si el arte por principio debe ser enfrentado a un público (ya sea el amigo íntimo a quien se le muestra la obra o a la galería para su exposición pública); este arte al ser un documento social lleva una responsabilidad latente en el mensaje que este da.

 

Siendo así, el potencial del arte (bajo este paraguas) por tanto se circunscribe a su mensaje, lo que a su vez nos condiciona a deducir que tanto los contenidos como la forma-arte, se agudizan en su afán de lograr un cambio en el plano de realidad en el que se desarrollan.

 

Por lo expresado, la importancia de lo que se dice (contenido), así como la manera en que se dice (morfología de la obra) juegan un rol de responsabilidades, que supera su valor netamente estético y decorativo para sumergirse en la posibilidad de cambio del sujeto afectado (público), entendiendo claro está que sería ingenuo pensar que el arte por sí solo puede modificar el sistema mundo; sin embargo, teniendo en cuenta que todos los modelos creativos y de ficción que propone el arte (metáforas, símbolos, signos, metonimias, tropos, etc.) están hechos para producir un cambio en el espectador (fracción de verdad dada), y que, ese pedacito de verdad es el que incumbe una vez que entendemos al arte en relación a su espacio-tiempo-contexto (políticas de arte).

 

Entonces, el valor kantiano del arte se ve suplido por un sinnúmero de condicionantes que perfilan la labor política del arte en cuanto genera el cambio, ya sea en el modelo de percepciones de los individuos al cual desea afectar, ya sea en el valor simbólico o simplemente como un juego de metáforas que deconstruyen la realidad, pero siempre con el afán de perturbar en esas capas de realidad, pues el poder de cambio que produce el arte, aun cuando no se encuentra en dicha realidad, bajo su estructura ficcionaria perturba sin duda aquel fragmento de realidad del que se está hablando (valor social del arte).